Pecosa T2, Cap. 18

 

Estrés


¿Cuántas veces escuchamos el típico “Toi estresá”? Usamos la palabra, igual que “depresión” a diestra y siniestra sin tomarle el peso real. Lo que realmente queremos decir  es “estoy cansada” o “estoy media triste o bajoneada”. Sin embargo, cuando te diagnostican “estrés”, es una cosa absolutamente diferente.

Estaba yo trabajando tranquilamente hace una semana cuando de la nada, se me durmió el lado izquierdo de la cara. WTF! me empecé a mirar en el espejo y mi cachetito se sentía igual que cuando se te duerme un brazo o una pierna por estar mucho lado en una posición, con esa sensación de “hormiguitas”. Me dio mucho miedo, pensé que podía ser una parálisis facil y pase el resto del día con el espejo en malo haciendo gestos raros y morisquetas. La “O” me salía redondita, cerraba el ojo, todo funcionaba, eso me tranquilizó.

Esa noche sin embargo, no fue ninguna cumbia. A las 4:30 AM me sacó del sueño una jaqueca de esas que te hacen llorar. Echa ovillo en la cama, me agarraba la cabeza (nuevamente el lado izquierdo) y Rodrigo trataba de ayudarme como podía. Recién a las 8:30 AM me empezó a soltar el dolor. Obviamente no pude ir a trabajar en esas condiciones y lo único que  atiné fue pedir hora al otorrino. Tenía un poco de congestión y como era todo en el lado izquierdo, pensé que podía ser una sinusitis mal cuidada.

Cuento corto, el otorrino no me encontró nada (y hasta me miró con un microscopio grandote) y me derivó al neurólogo con 2 días de licencia. Día siguiente, neurólogo (con cara de malas pulgas) me revisó, me hizo una serie de ejercicios y me dijo que parálisis no era (gracias a Dios!) y que él creía en una Neuralgia de Arnold (si sé, “Cabeza de Balón”, todos pensamos lo mismo). La cosa es que me fui a la casa con desinflamatorios, analgésicos, cremitas y calor local. Funcionó, sin embargo como que me “bajó” la molestia y me agarró el cuello. Estaba un poquiiito mejor cuando CHAN! temblor gigante y Carlita terminó de contracturarse de cintura a cuello.

Fui a ver a la sicóloga y me escribió en un papelito “ESTRES”. Cuando el otorrino y el neurólogo me preguntaron si estaba estresada, les dije que no, porque la verdad yo no lo siento así. Siento cansancio, sí, el habitual, pero tengo todo ordenado y clasificado en mis días. Mi trabajo actual me permite trabajar holgadamente y si bien a veces hay momentos de mucho movimiento, la mayoría del tiempo es manejable. Yo no sentía específicamente un cansancio crónico o algo así, no obstante, todo indicaba que el cuerpo me está pasando la cuenta y la terapeuta me dijo que si pudiera “internarme” en un SPA, lo hiciera.

Fui a un asado familiar, de esos de todo el día con mucha comida y llegué como tuna. Contenta, alegre, buena pa’ la talla, como suelo ser, pero a las 6 de la tarde fue igual como si alguien me sacara la pila. Me bajó un cansancio que a penas me mantenía en pie, el cuello me empezó a doler, me agarró la cara y todo de nuevo. Rodrigo me llevó a la casa y ahí quedé, hecha una muñeca de trapo flanqueada por el gato. No podía dormir, por muy cansada que estuviera y esa es otra característica de esta cuestión. Muero de sueño, ¡pero no hay caso de que pueda dormir!

Derivada de médico a médico, a sicólogo y otro médico, terminé finalmente medicada. Agradezco al Pulento que no es depresión, pero sí Estrés y pastillita para la ansiedad se ha dicho, la cual me permite dormir y no me deja atontada al día siguiente (no obstante les tengo cualquier miedo/respeto porque sé que pueden causar dependencia).

Así que así estoy. Me negué a licencia por estrés porque… no sé, creo que esas cosas “te marcan” laboralmente hablando. Así que me estoy cuidando lo más que puedo y aguantando a que llegue julio y tener las primeras vacaciones como la gente desde el 2009 (cálculo que sacó mi amiga América, porque yo no me había dado cuenta que era tanto tiempo).

Al final, el cuerpo tiene un límite y la cabeza también. Ustedes han sido testigos de “mis aventuras” y ya sean éstas positivas como las últimas vividas, no dejan de quitar energía y se me nota en la cara. Pálida y un poco ojerosa, constantemente me están preguntando “¿Estás resfriada?”. Escribir los posts se ha transformado en un trabajo difícil, la creatividad bajo a niveles de sequía y no me quedan muchas ideas últimamente. Es por eso, queridos míos, que voy a dejar la segunda temporada de las crónicas hasta aquí, porque tanto ustedes como yo nos merecemos leer y disfrutar esta actividad y La Pecosa está funcionando en este momentos con pilas corrientes y no Duracell.

“I’ll be back” como dijo Arnold (no el de mi cara), ojalá bien repuesta y con más historias que contar. Le envío un abrazo a todos y si quieren sacar algo de este post es: “Escuchen a su cuerpo”. Todos tenemos límites, pongamos atención a lo que nos dicen los músculos, la falta de sueño o la irritabilidad… todas son señales que debemos considerar porque, a la larga, no hay nada más importante que estar sano. ¡Nos vemos! ¡Se les quiere mucho!

Pecosa T2, Cap. 17

Iquique

Lamento la demora, pero ayer llegué de Iquique y después de todo el ajetreo del día no alcancé a escribir el post a la hora.

Como buena pigüina magallánica, mi conocimiento del norte llegaba sólo hasta La Serena. Pensar en el norte, cuando se vivió 10 años en Punta Arenas, empezaba en Puerto Natales. Hablar de Arica o Iquique era algo lejano, casi fuera del mapa. Si ya Santiago era lejos cuando yo era niña.

Sin embargo esta semana volé hacia Iquique glorioso. Como llegamos de noche, no pude ver el desierto en su esplendor, cosa que sí hice ayer al regresar. Jamás había visto tanta arena en mi vida. Ni una gotita de agua en gran parte del territorio que contrasta diametralmente al paisaje que veo al viajar al extremo sur.

Una de las cosas que más me llamó la atención es el tremendo territorio que hay entre el mar y la cordillera, que apenas se vislumbra como un dibujo difuso en el horizonte. El contraste del agua azul profundo y la arena amarilla, casi blanca, es divino, lo mismo los acantilados que caen al mar, sin playa alguna. Las dunas de arena parecen peinadas por el viento y por cientos de kilómetros no ves absolutamente nada más que eso. Inmensidad, es lo único que se me ocurre para definirlo.

De vez en cuando se ve algún yacimiento minero, y desde la altura de ven pequeñitos, sabiendo que no lo son. Sin embargo te sirve para proporcionar y, definitivamente, te das cuenta que hablamos de un territorio que pareciera eterno. Cuando me imaginaba el norte, pensaba que las mineras aparecían por todos lados, algo así como los caballitos extractores de petróleo que están por la Patagonia argentina (quien sabe si eso seguirá así, eso lo vi en un viaje cuando tenía 12 años). Pero no es así, los espacios de terreno entre una y otra son gigantescos, días conduciendo, me imagino.

Por el viaje pasamos por La Portada de Antofagasta, y se veía hermosa y majestuosa. La ciudad de Antofagasta, desde la altura, parece cubierta por una seda dorada de punta a cabo y me dio la sensación que ese espacio era mucho más árido que hacia Iquique.

La ciudad de Iquique es muy linda, al menos lo que yo conocí. Unas casas que parecen salidas de cuentos de salitreras pero refaccionadas, con colores vivos y que mantienen su arquitectura añosa. Una avenida peatonal te lleva hasta la plaza Prat, frente a un teatro municipal remozado, muy hermoso. La artesanía es variada, y se nota la influencia peruana y boliviana, muy bonita. También hay mucha artesanía colombiana que se caracteriza por sus colores intensos. Me compré un par de aritos de plata, Rodrigo me regaló un tercer par, y yo le sumé a eso un anillito de mostacillas y semillas de huyaruro, que son para la buena fortuna.

La leche de mango es absolutamente recomendable, y eso que no pude tomar mucho porque (por cerda) me enfermé de la guata de tanto comer demasiadas empanadas de camarón queso (créanme, fueron muchas). La Zofri es de otro mundo, se te llenan los ojos viendo todo tipo de cosas originales. Me traje un CK One para mi, muchos chocolates y unos jugos de litro demasiado deliciosos. Eso obviamente, aparte del chumbeque que me encargó medio Chile.

La costanera al lado de Iquique es maravillosa para caminar y el clima, ni que hablar, eterno verano. Por fin pude jugar en el agua como si fuese febrero. El sol maravilloso me dio 5 días de un oasis laboral, donde la sal me arrebató y me permitió dormir como un bebé por las noches.

El viaje fue brillante, a pesar que tuve que trabajar algunos días. La gente es cálida y buena onda y a excepción de una invasión de patos horribles que parecen carroñeros, de color negro intenso y que graznan igual que chanchos, la ciudad es un deleite. Pude disfrutar mucho de mi estadía. Fuimos a visitar a la mamá de Rodrigo y debo decir que mi suegra es un 7, demasiado simpática y buena onda. Me sentí en casa.

Ojalá volvamos en alguna otra oportunidad. Nos faltó conocer los alrededores, por ahí me dijeron que había hasta parapente, pero soy muy cobarde para eso. Sin duda, Iquique es un hermoso destino y recomendable. Hermoso viaje.

Pecosa T2, Cap. 16

 

Tolerar o aceptar

Daniel Zamudio, su nombre da vueltas en el aire y en las redes. Hoy (28 de marzo) se conoció que el joven falleció tras más de 20 días de agonía. No voy a contar la historia, para eso están los medios, Google y cuanto más. Hoy voy a escribir qué pienso yo de la homosexualidad.

Dicen mis papás que una de las primeras canciones que canté fue “Camaleon” de Culture Club con el gran Boy George. Debo haber tenido unos 2 ó 3 años y está grabado en un cassette que anda por ahí. Una cosa totalmente azarosa, es probable que me haya gustado el ritmo de la canción, pero con los años lo he tomado como una señal de qué es para mí la homosexualidad, y ¿qué es? para mí ni siquiera es tema.

Hay gente que es pro gay, otros anti gay, algunos los divinizan, otros los satanizan. Personalmente creo que, con quién se acueste un ser humano, no lo define como persona. Conozco de todo: gays de bajo perfil y de una pareja y otros floreros con desfile de encamados, lesbianas que sufren por amor en silencio, heterosexuales fieles con más de 40 años de casados, muchos otros infieles y de esos, algunos que admiten que lo son y otros que lo esconden bajo 7 llaves. Fui a un colegio católico en media, así que también conocí curas aperrados y otros “no tanto”; políticos de derecha, izquierda y anárquicos; familias tradicionales y no tradicionales; agnósticos y Opus Dei. Como periodista me enfrento constantemente a los distintos niveles al que puede llegar un ser humano, bondades abrumadoras y crueldades indescriptibles.

No creo que una persona, por acostarse con alguien del mismo sexo, este incapacitado de hacer, decir y tener lo que quiera. Me interesa la persona más que su coito. Me interesa saber cómo actúa con su familia, amigos y pareja, si es consecuente respecto a lo que dice y lo que hace, si es responsable, si es respetuoso, si tiene buenas intenciones, si concibe o no que el fin justifique los medios.

Muchos dirán “Claro, mientras no te toque uno en tu camino”. ¿Qué pasaría si tuviera un hijo o hija homosexual? Lo he pensado muchas veces y sí, me daría tristeza, porque nadar contra la corriente social no es fácil y no quisiera verlo/a sufrir ni pasar malos momentos. Pero de una u otra forma, a todos nos toca enfrentar a la sociedad y templar el carácter. ¿Qué haría entonces? le enseñaría lo mismo que a cualquier niño, lo mismo que me enseñaron a mi: respeto, honor, lealtad, consecuencia. “¡Pero es chocante que se te insinúe un gay!”, dirán otros. Sí, pero si yo tengo claro qué género me gusta, que se me insinúe una mina es tan incómodo como si lo hiciera un jote. Así como le digo “no gracias compadrito” puedo decir “no gracias comadre, pero no juego pa’ ese lado de la cancha”.

Escribiendo por Facebook, se planteó el tema de la tolerancia. Nunca me ha gustado mucho la palabra “tolerancia” y aquí pegaré lo que dije: “Tolerancia no es necesariamente respeto, tolerar es soportar, aguanta”, “Permitir o consentir algo sin aprobarlo expresamente”. No somos quien para tolerar la homosexualidad, no somos superiores, somos iguales. Hay que aceptarlo y dejar de ver con esa mirada paternalista. Eso creo yo personalmente y eso hago.

Sin embargo, por mucho que no me guste, tolerar sería un avance como sociedad, paternalista y todo. Pero mover una masa es algo casi imposible de hacer. Lo que ocurrió con Daniel puede que nos haga a todos decir un liviano “Uy que pena”, pero como dijo alguien por ahí, la próxima semana volveremos a ser los mismos. No obstante, si su experiencia y partida deja a una o dos personas no sólo pensando, sino también actuando al respecto, habrá un avance, un logro, una esperanza.

“Soy como soy”, muy fácil de decir, muy difícil de mantener. Somos un trabajo en progreso, perfectibles por el tiempo, como el agua lo hace con una roca. Permitamos que esta historia, tan mediáticamente conocida, sea el líquido que suavice nuestros duros corazones y veamos en la persona que tenemos al lado, que es diferente, a un hermano y no a un enemigo.